Sexología clínica
Sexología clínica. Presencial en Santiago Centro, y también online. Para cuando el cuerpo no responde como quisieras, cuando el dolor o el miedo a fallar apagaron el placer, cuando la rutina los fue distanciando, o cuando una enfermedad cambió las cosas y nadie supo cómo hablarlo.
Escríbeme por WhatsApp →Cuando algo deja de funcionar en la vida sexual, la ayuda disponible suele ir a parar a uno de tres lugares.
Al cuerpo solo. Se revisan hormonas, se descarta lo físico, y aunque todo salga bien la conversación termina ahí. Se mira el cuerpo como un sistema de cañerías, desconectado de tu historia y de lo que está pasando en tu relación.
A lo espiritual, o al objeto. Talleres de energía sexual, desbloqueos, reconexión con la feminidad o con la masculinidad. O la tienda que hoy se presenta como un espacio de bienestar y te vende un objeto como solución rápida. En los dos casos la solución queda en manos de algo externo, y tú sigues esperando que eso haga el trabajo.
Al pasado. Terapias que salen a buscar el trauma escondido o el conflicto no resuelto con los padres. Puedes pasar años entendiendo por qué te cuesta disfrutar, y seguir sin saber qué hacer con eso.
La conducta sexual es conducta humana. Y eso la pone dentro de la psicología, que es la disciplina que estudia cómo se aprende y cómo se modifica el comportamiento.
Descartada una causa médica, que es el primer paso e innegociable, lo que queda son respuestas aprendidas. Condicionadas por la ansiedad, por la presión de rendir, por lo que te enseñaron sobre el sexo y por lo que ha ido pasando en tu historia.
Y lo que se aprendió se puede entender, y desde ahí se puede aprender algo distinto y mejor.
La secuencia se gasta, no la persona. Cuando el encuentro siempre empieza igual, sigue igual y termina igual, el cuerpo ya anticipa todo y deja de responder. Se llama habituación y le ocurre a cualquier organismo vivo. No es que se haya acabado el amor, es que la secuencia perdió variabilidad, y eso se puede cambiar.
Mirarse desde afuera apaga la respuesta. Masters y Johnson lo describieron hace más de cincuenta años y lo llamaron el rol del espectador. Ocurre cuando dejas de estar en el encuentro y te pones a evaluar si tu cuerpo está funcionando. Y como la excitación depende del sistema que se activa cuando uno está tranquilo, la vigilancia activa el contrario y bloquea justo lo que estás intentando conseguir.
El acercamiento se apaga cuando deja de traer algo bueno. Si cada vez que te acercas lo que sigue es una negativa, una crítica o dolor, la conducta de buscar se apaga sola, para protegerte.
El sexo convertido en un examen que hay que aprobar. Durar cierto tiempo, responder de inmediato, llegar los dos juntos. Cuando el encuentro se vive como una prueba que hay que pasar para no decepcionar, lo lógico es empezar a evitarlo.
En el año 2000 Rosemary Basson propuso un modelo distinto de la respuesta sexual femenina, donde para muchas mujeres el deseo no aparece antes del contacto, sino después de que la excitación ya empezó. Una mujer que no siente ganas espontáneas concluye que algo anda mal con ella, cuando puede estar describiendo un patrón perfectamente normal.
Y el cuerpo cambió, pero el manual no. Después de un parto, de la menopausia, de una cirugía, de un tratamiento oncológico o simplemente con los años, el cuerpo responde distinto. El problema no es el cambio, es usar el mismo manual de hace diez años en un cuerpo que hoy necesita otros tiempos y otros estímulos.
Hay una situación donde esto pesa muchísimo y casi nadie la aborda, que es después de un cáncer. No dice nada el equipo médico ni la pareja, y así pasan meses o años sin contacto, por miedo y por falta de orientación. No porque el deseo se haya ido.
Casi nunca es un problema de libido. Esa palabra viene del psicoanálisis y nombra una sustancia que no existe, una energía sexual que uno tendría por dentro en mayor o menor cantidad. Pasa lo mismo con las hormonas, que se usan para explicar que una mujer dejó de tener ganas cuando muchas veces lo que ocurre es que la relación se volvió difícil.
Suele ser habituación, o el sexo convertido en una exigencia. Y una exigencia funciona como amenaza, no como invitación. La persona empieza a posponer, sin notar que lo que evita no es a su pareja, sino la evaluación.
Que no llegue, que llegue y se pierda, o que funcione a solas pero no en pareja. La certeza anticipada de que va a volver a pasar es justamente la que genera el bloqueo, porque instala la alerta antes de empezar.
No es falta de control. Ocurre cuando la persona no aprendió a discriminar las señales de su propio cuerpo antes del punto de no retorno. Muchas veces se moldeó en una historia de masturbación rápida y oculta donde se aprendió a terminar lo antes posible.
Casi siempre hay una regla rígida orientada a complacer al otro. Tengo que llegar, o algo anda mal conmigo. Es el rol del espectador en acción, y autoobservarse en medio de un encuentro es la forma más rápida de desconectarse de él.
Descartada la causa médica, lo que existe es una respuesta aprendida de contracción del suelo pélvico, que es un reflejo automático de defensa. Se instaló tras una experiencia dolorosa, una infección o una educación que enseñó que el sexo era peligroso o algo malo, y hoy se dispara por pura anticipación.
Es lo más normal del mundo, y no es culpa tuya.
Nos criaron en una cultura que enseña que si algo no funciona en la intimidad, uno está fallado. Con esa carga encima, dar el primer paso cuesta. De hecho, la gente suele demorarse alrededor de dos años en consultar por esto.
Acá no hay juicios morales, no hay apuro, no hay revisión física y no vas a tener que contar nada para lo que no estés listo.
No. Nunca.
Soy psicólogo, no médico. Acá no hay exploración física, no hay que desvestirse y no existe contacto de ningún tipo. El trabajo se hace desde la psicoterapia, con análisis funcional del comportamiento y terapias contextuales.
Si durante la evaluación aparece la necesidad de revisar alguna variable biológica, te derivo con la especialista que corresponda, y esa revisión se hace en su propia consulta.
Sí, con reserva absoluta.
Modalidad a tu elección. Atiendo por videollamada si prefieres no acudir a una oficina.
Privacidad garantizada. Lo que se conversa en sesión se queda en la sesión. No redacto informes a terceros.
Contacto sin presión. Para agendar por WhatsApp no necesitas explicar nada. Con un "hola, quiero consultar" basta.
Sí, y son el corazón del tratamiento.
Acá dentro las condiciones están controladas. Tu vida real no. Y es ahí donde el cambio tiene que ocurrir, así que buena parte del trabajo se hace entre una sesión y otra.
Son pautas concretas y progresivas, acordadas contigo, que se realizan en la más estricta privacidad de tu espacio personal. En la consulta jamás hay nada práctico que hacer.
Y hay una que sorprende. Durante un tiempo se suspende la penetración y el orgasmo como objetivo. Si quitas la meta, quitas la evaluación. Y si quitas la evaluación, el cuerpo sale de alerta y vuelve a responder.
Sí, perfectamente.
Una parte sustancial del trabajo se enfoca en ti, en lo que te ocurre antes, durante y después.
Además, en una relación cada uno es el contexto del otro. Cuando tú modificas tu forma de actuar, la otra persona empieza a responder distinto, simplemente porque el entorno cambió.
No necesitas esperar a que tu pareja se convenza para empezar a mover la relación.
Puedes consultar de forma individual o venir en pareja. Si te cuesta escribirlo, con un mensaje de dos líneas es suficiente para empezar.
No hace falta que des detalles del motivo hasta que te sientas con la confianza para hacerlo.
Te contesto el mismo día, y en general puedo darte hora dentro de la misma semana.
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