Discutieron y él se fue a su casa. Le escribiste a las nueve. Te dejó en visto. A las nueve y media le escribiste otra vez, más corto, por si no lo había visto, y también para no parecer tan "intensa".
A las diez, otra vez. A las diez y media, otra más. A las once ya iban cinco mensajes y habías revisado el teléfono unas quince veces. Y en ese último le escribiste de todo, para que supiera cómo te sentías, porque a ti te enseñaron que lo más importante es la comunicación, que los problemas se conversan, y que uno no se puede ir a dormir dejando algo pendiente.
Al otro día, después de una noche en que casi no dormiste, te contesta buena onda, normal, como si no hubiera pasado nada. Y tú, que llevas toda la noche mal, te sientes ridícula y aliviada al mismo tiempo. Menos mal que volvió. Pero te haces la enojada, para que no se note que estás feliz de que haya vuelto.
No es la primera vez que te pasa. Y no es el primero con el que te pasa. Por eso hiciste lo que hace todo el mundo, buscar en Google y preguntarle a la inteligencia artificial de confianza qué te está pasando, porque siempre es lo mismo y siempre haces lo mismo. ¿Será un patrón?
Y ahí aparece, entre humo de incienso y palabras mágicas. Tienes apego ansioso y él tiene apego evitativo. Listo, ahora lo sabes todo. Hiciste el test, leíste un par de reseñas, revisaste los comentarios de los gurús del apego en Instagram. Y por un rato eso sirvió para ordenar un poco las cosas.
Ese alivio es real, y esas cosas siempre funcionan. Te quitó la culpa, porque ya no eras la "intensa", eras alguien con algo parecido a un diagnóstico. Y de paso te explicó lo que hace él, y entonces dejó de parecer un desalmado. No es que sea malo, no es que no te quiera, no te estaba haciendo ghosting. Es que tiene problemas de apego, debe haber sufrido mucho cuando chiquitito, quizá lo abandonaron, quizá no lo abrazaban cuando pequeño, y por eso tiene problemas de vínculo y problemas con el compromiso. Después de meses sin entender nada, por fin algo calzaba.
El problema no es que te haya aliviado. Es que eso que te entregaron no explica nada. Porque como te he contado antes, ponerle nombre a las cosas no es lo mismo que entenderlas, y muchísimo menos tener algo para poder cambiarlas.
Por qué no explica nada
Fíjate en cómo funciona la respuesta cuando la das vuelta.
¿Por qué escribo cinco veces seguidas? Porque tengo apego ansioso. ¿Y cómo sabemos que tengo apego ansioso? Porque escribo cinco veces seguidas.
Otra vez la tautología, esa trampita de las explicaciones circulares que no explican nada y que son sólo descripciones dichas dos veces, igual que en los diagnósticos psiquiátricos. Se le puso un nombre a lo que haces, y después ese nombre se usó como si fuera la causa de que lo hagas. Dicho más corto, se deduce el "mal apego" de la dependencia, y después se explica la dependencia por el "mal apego".
¿Y entonces qué hacemos, si casi todos lo explican así? Te comparto algo que sirve. Hay una prueba simple para saber si una explicación vale la pena. Una explicación de verdad te dice algo que no sabías, y sobre todo te dice qué hacer distinto mañana.
Esta no lo hace. Después de leer que tienes apego ansioso sabes exactamente lo mismo que antes sobre tu situación, sólo que ahora con un nombre puesto encima. Sigues sin tener idea de por qué se desapareció tu peor es na', y sobre todo, sigues sin saber qué hacer distinto para que eso no vuelva a pasar.
Revisemos lo que sí está pasando
Vuelve a la noche de la discusión. Pero no a lo que sentiste, sino a lo que ocurrió.
Le escribes. A veces te contesta al tiro y buena onda, y esas veces es tan bueno que se te olvida todo. Otras veces no contesta, o contesta seco, o con monosílabos. Y lo complicado es que es impredecible. Nunca sabes cuál versión te va a tocar.
Eso tiene nombre técnico y es una de las cosas más estudiadas que hay en psicología. Se llama reforzamiento intermitente, y es cuando la respuesta a veces llega, y otras veces no, sin que puedas predecir cuándo. Es exactamente el mecanismo de las máquinas tragamonedas, las de los casinos y las del clandestino del negocio de la esquina. Por eso son tan pegajosas y a todos les cuesta tanto alejarse de ellas una vez que están ahí.
Lo que ese esquema produce es conocido, medido y siempre igual. Produce conducta que se repite mucho, que aumenta de intensidad, y que es brutalmente difícil de soltar. No porque a la persona le funcione algo mal por dentro. Sino porque así responde cualquiera cuando el premio llega de forma impredecible.
Entonces no es que seas "intensa" ni "tóxica". Esas palabras no explican nada, sólo castigan. Lo que pasa es que estás respondiendo a algo que produce insistencia en cualquier ser humano.
Por qué el consejo mágico de "deja de escribirle" no funciona
Esta es la parte que a nadie le explican, y es de las más interesantes.
Cuando decides no escribir más, o cuando él deja de responder del todo, pasa algo que también tiene nombre. Se llama estallido de extinción. Cuando una conducta que antes traía un resultado deja de traerlo, lo primero que ocurre no es que desaparezca, como uno esperaría. Lo primero es que aumenta, se incrementa. Sale más seguido, más largo, más intenso, y más encima, con rabia, miedo o pena.
O sea que esa noche en que escribiste cinco veces, y en la última le dijiste, entre que no podías vivir sin él y que se fuera a la chucha, y al otro día no podías creer lo que habías mandado, no fue que se te desregulara nada. Fue la fase más aguda y más predecible de un proceso que le ocurre a cualquiera. Y eso, en el fondo, es una buena noticia.
¿Y cómo se pasa?
Primero, sabiendo que se pasa, obvio (o quizá no tanto). El estallido sube, llega a un peak y después baja. No dura para siempre, aunque en el momento se sienta eterno. Sólo conocer eso ya cambia la noche, porque deja de parecerte que te estás volviendo loca.
Segundo, y esta es la parte fea. El estallido baja sólo si la cosa se mantiene pareja. Si escribes cinco veces y a la quinta él contesta, lo que quedó reforzado fue escribir cinco veces. La próxima vez van a ser siete. La inconsistencia no alarga el proceso, lo empeora.
Y tercero, no te voy a mentir. Aguantar eso sola, a punta de fuerza de voluntad (una fuerza que no existe), casi nunca resulta. Porque ese sabio consejo ancestral de "no le escribas más" te pide aguantarte justo en el momento en que la conducta está en su punto más alto, y más encima te lo pide sin explicarte nada de esto.
Lo que sí resulta es cambiar lo que está pasando entre los dos, no sólo lo que haces tú con el teléfono en la mano a las once de la noche.
¿Y a él qué le pasa?
Ahora míralo a él, y sin ponerle ninguna etiqueta, para no andar diciéndole evitativo, narciso, tóxico o saco de weas.
Cuando tú insistes, para él eso es incómodo. Se calla, o contesta en frases cortas, o se va a otra pieza, o sale a dar una vuelta a la plaza. Y en ese momento la incomodidad baja. Se siente mejor, se le olvida, se alivia un poco.
Eso también tiene nombre. Se llama reforzamiento negativo, y es cuando una conducta se fortalece porque hace desaparecer algo desagradable. Cada vez que se cierra y la conversación se detiene, cerrarse le funciona un poquito mejor.
Entonces no es que sea frío, ni que no sienta nada, ni que no te quiera, ni ninguna de las explicaciones que en ese momento se ponen atractivas. Lo que pasa es que aprendió que callarse baja el malestar. Y le funciona en el corto plazo, exactamente igual que a ti te funciona insistir.
Y acá empieza la danza
Junta las dos cosas, la que insiste y el que se arranca, y aparece lo que de verdad está pasando entre ustedes.
Tú insistes porque necesitas saber que le importas. Él se cierra porque necesita que baje la presión para poder pensar y no cagarla más. Mientras más insistes, más aversivo se pone para él, así que más se cierra. Y mientras más se cierra, más señal de amenaza hay para ti, porque si no habla es porque no siente nada, y como dicen que "ojo de loca no se equivoca" y tú puedes adivinar lo que él está pensando y sintiendo, entonces insistes más.
Ninguno de los dos está haciendo algo mal a propósito. Cada uno está haciendo justo lo que empeora la situación del otro.
Y acá viene el dato que a mí me parece el más importante de todo este cuento. Ese vaivén tiene nombre en los temas de pareja, se llama patrón de demanda y retirada. Está descrito desde mucho antes de que se pusieran de moda los estilos de apego en formato horóscopo. Y hasta el nombre te va dando una pista, porque les dicen estilos de apego, y aunque no tenga nada que ver, ahora se puede relacionar con que da estilo hablar así, de esas formas profundas y "mentales", como si uno tuviera acceso a un conocimiento secreto. Por eso se pone de moda.
O sea que el fenómeno ya estaba descrito, y hacía alusión a lo que pasa entre dos personas. Lo que pasó después fue el mismo viejo truco de siempre. Alguien se dio cuenta de que esto era rentable, lo metió dentro de cada uno, y le puso un nombre más o menos místico y épico, de esos que suenan bien, que tienen estilo, se ponen de moda y sirven para la venta.
Los tipos de apego
Acá conviene ser preciso, porque la investigación del apego es seria y lleva sesenta años. El problema no es la investigación. El problema es lo que se hizo con ella.
Los cuatro tipos de apego de los que se habla en todas partes nunca aparecieron. Y no lo dice ningún crítico de afuera, lo dice uno de los investigadores de apego adulto más importantes del mundo, que fue a buscarlos con métodos hechos justamente para detectar categorías.
Si los tipos existieran de verdad, al medir a mucha gente tendrían que aparecer grupos separados, como pasa con los grupos sanguíneos. Eres A o eres O, y no hay nada en el medio.
Lo que apareció fue lo contrario. Un continuo, como la estatura. Hay gente más alta y más baja, pero no existe ninguna línea donde empieza "ser alto". Con el tema del apego pasa igual. Hay personas que insisten más y personas que se retraen más, y todo el mundo está en algún punto de esa línea, sin cortes.
Lo revisaron primero en guaguas, con la prueba fundacional de toda la teoría, y después en adultos. Salió lo mismo las dos veces. Los cuatro tipos no estaban ahí. El test que encontraste en internet, al lado del que te dice qué personaje de Bridgerton eres, simplemente cortó esa línea en cuatro pedazos que se inventó.
Tampoco se puede sostener bien lo de que esto del apego se hereda de la crianza. El metaanálisis más grande sobre transmisión del apego entre una generación y otra encontró que el efecto había bajado casi a la mitad en veinte años. Y hay un detalle que dice más que la cifra. En esos mismos datos, los estudios que se publicaron dan el doble de efecto que los que nunca se publicaron. Y esto quiere decir algo bien simple. Que las investigaciones que no encontraron casi nada se quedaron guardadas en un cajón, y las que sí encontraron algo salieron a la luz. Entonces lo que uno lee en la literatura es la mitad más favorable de la historia.
Y hay algo más, en la propia prueba original. La misma guagua puede salir clasificada distinto con su madre y con su padre. La concordancia entre las dos mediciones es baja, apenas por encima de lo que daría el azar. Si el apego fuera algo que la persona lleva dentro, tendría que ser el mismo con los dos. Y no lo es.
Porque nunca fue algo que uno lleva dentro. Es lo que uno aprendió en la interacción con alguien en particular.
Y la prueba con la que miden a los adultos
Esta parte casi nadie la sabe y es de las más interesantes que se han hecho con este tema del apego.
La entrevista con la que se evalúa el apego adulto no observa cómo te comportas con nadie. Te pide cinco adjetivos sobre tus papás y después puntúa qué tan coherente quedó el relato. No evalúa si es verdad. No evalúa cómo tratas a tu pareja. Evalúa qué tan bien contaste la historia.
Entonces si hablas poco, si te enredas, si no encuentras las palabras, sales inseguro. O sea que quien tuvo menos años de colegio, o simplemente cuenta las cosas a saltos, queda clasificado como que tiene un apego dañado.
El problema de creerse la etiqueta
Hay algo peor que no explicar, y es lo que pasa cuando la persona se cree la etiqueta, el nombre, sin entender nada.
Cuando alguien adopta la frase "yo soy de apego ansioso", o "él es apego evitativo", esa frase deja de describir y empieza a mandar. Se convierte en una regla. Y como buena parte de la conducta humana está gobernada por reglas, esa regla la vuelve ciega y sorda a lo que está pasando de verdad.
Entonces, por ejemplo, él hace un gesto de acercamiento genuino, y la regla derivada de la etiqueta ya decidió que eso no es verdad, que no va a durar, porque total, ya se sabe que él tiene apego evitativo.
O aparece alguien nuevo, que sí responde siempre de la misma forma y que no desaparece, pero resulta que su historia se parece un poco, porque el papá se fue y la mamá trabajaba todo el día. Y la regla ya decidió que va a terminar igual que los otros, porque los hombres así tienen apego evitativo, así que este también va a desaparecer.
La etiqueta empieza a producir aquello que decía describir.
Esto se conoce y tiene nombre desde hace más de cuarenta años, y se llama efecto bucle. La categoría cambia a las personas clasificadas, esas personas se comportan según la categoría, y con eso la categoría parece confirmarse sola.
¿Y a quién le sirve todo esto?
No hace falta ninguna teoría conspirativa para darse cuenta de quién se beneficia.
Los tests son gratis, duran algunos minutos y abundan por todo internet. Los cursos para sanar tu apego no son gratis. Las certificaciones para formarte en apego tampoco. Y hay cuentas enteras que viven de que tú vuelvas todos los días a leer sobre tu tipo de apego.
Por suerte hay gente que lleva años mostrando cómo el dolor amoroso se fue convirtiendo en identidad, y cómo la identidad se convirtió en mercado. Omitiendo ese viejo dicho de no hacer leña del árbol caído, y con el inconveniente de que acá la leña es el sufrimiento ajeno. Un tipo de apego es un producto perfecto, porque no se resuelve nunca. Siempre hay un curso más para sanarlo.
Esto lo venden personas que descubrieron una veta, y también algunos profesionales que deberían saber que no hay tipos de apego, pero como de algo hay que vivir y esto se vende bien, ustedes ya saben. Los primeros venden humo porque nunca supieron otra cosa. Los segundos es peor, porque ellos sí estudiaron.
¿Y entonces qué se hace?
Lo primero es sacar el foco de dentro de cada uno, porque ahí no hay nada.
El trabajo que podemos hacer es sobre el vaivén de la relación, y eso tiene una propiedad que la etiqueta no tiene, que es que se puede saber qué es y por dónde comenzar. Tú eres parte del ambiente de él y él es parte del tuyo. Cada uno es el contexto del otro. Cuando uno cambia lo que hace, lo que el otro hace también empieza a cambiar, porque ya no está respondiendo a lo mismo.
Y ojo acá, porque es fácil confundirse. No se trata de que vengas a sanar tu apego, ni de que lo traigas a él para que sane el suyo. No hay nada que sanar, porque no hay ningún apego en pana. Se trata de mirar qué está pasando entre ustedes dos y qué se puede cambiar de eso.
Lo segundo es trabajar la unión empática, o sea, aprender a decir lo que duele sin acusar y sin criticar. Es mucho más difícil de lo que suena, porque cuando uno está herido el reproche sale solito y bien fluido.
La fórmula es simple de decir, pero difícil de implementar. Dolor más acusación es igual a conflicto. Dolor menos acusación es igual a aceptación. No es lo mismo decir "nunca estás" que decir "cuando pasan las horas y no sé nada de ti, me da miedo que esto se esté acabando, que te hayas olvidado de mí o que ya no me quieras". Lo segundo no se puede contestar a la defensiva. Nadie se enoja con algo dicho así, y por eso funciona.
Y lo tercero es practicar la separación unificada, o sea, mirar el problema como algo que les pasa a los dos, no como algo que uno le hace al otro. Y acá es donde casi todas las parejas se equivocan, cuando uno manda al otro a terapia con el clásico "hazte ver", como si el problema viniera en un solo cuerpo y hubiera que repararlo. Cuando el enemigo deja de ser la persona que tienes al lado y el problema pasa a ser ese vaivén interaccional en el que se metieron sin querer, la conversación cambia entera.
Por eso trabajo desde la Terapia Integral de Pareja, que es el modelo con mejor respaldo empírico que existe hoy. No te pide sanar nada primero, ni esperar a estar listos, ni descubrir qué te pasó a los dos años. Empieza por lo que está ocurriendo esta semana.
Porque no eres una persona con un tipo de apego. Estás en una relación. Y lo que les está pasando ahí tiene nombre, se llama trampa mutua. Están entrampados. Es ese punto en que los dos sienten que hagan lo que hagan no cambia nada, y en que cada uno está seguro de que el problema es el otro.
Una relación no se arregla ni se repara. Se vive. Y cuando queda entrampada, se mira con calma entre los dos, se entiende, se conversa, y desde ahí se cambia.
El problema no es lo que consiguen ahora, ese alivio inmediato y cortoplacista. Sino lo que va quedando después de eso. Las diferencias entre dos personas son normales y estaban desde el principio, todas las parejas las tienen. Lo que las vuelve irreconciliables no son las diferencias, es todo lo que cada uno fue haciendo durante años para intentar cambiar al otro. Las peleas, las ofensas, las descalificaciones, el distanciamiento. Eso sí se acumula, y llega un punto en que ya no se sabe cuál era la diferencia original y cuánto de esto es puro desgaste.
Si se reconocieron en alguna de estas escenas, y están chatos de buscar quién tiene la culpa y seguir con las mismas peleas de siempre, escríbanme y lo miramos juntos, con calma.
Para leer más
Fraley, R. C. y Spieker, S. (2003). Are infant attachment patterns continuously or categorically distributed? Developmental Psychology, 39(3), 387-404.Fueron a buscar los tipos de apego en 1.139 guaguas, con la prueba fundacional de la teoría y con métodos hechos para detectar categorías. La variación resultó continua. No había tipos.
Fraley, R. C., Hudson, N., Heffernan, M. y Segal, N. (2015). Are adult attachment styles categorical or dimensional? Journal of Personality and Social Psychology, 109(2), 354-368.Lo mismo, ahora en adultos, y con el mismo resultado. Lo firma uno de los investigadores de apego adulto más importantes del mundo, no un crítico externo.
Verhage, M. L. y cols. (2016). Narrowing the transmission gap. A synthesis of three decades of research on intergenerational transmission of attachment. Psychological Bulletin, 142(4), 337-366.El metaanálisis más grande sobre transmisión del apego de padres a hijos. El efecto bajó casi a la mitad en veinte años, y los estudios publicados dan el doble que los que nunca se publicaron.
van IJzendoorn, M. y De Wolff, M. (1997). In search of the absent father. Meta-analyses of infant-father attachment. Child Development, 68(4), 604-609.Metaanálisis con 950 familias. La correlación entre el apego de la misma guagua con su madre y con su padre es de 0,17, o sea baja, aunque por encima del azar. Si el apego fuera algo que la persona lleva dentro, tendría que ser mucho más parecido.
Christensen, A. y Heavey, C. (1990). Gender and social structure in the demand/withdraw pattern of marital conflict. Journal of Personality and Social Psychology, 59(1), 73-81.Acá está descrito y medido el ciclo de demanda y retirada, años antes del boom de los estilos de apego. El fenómeno ya tenía nombre, y era un nombre que estaba entre dos personas.
Barraca, J. (2016). Terapia integral de pareja. Síntesis.La mejor explicación en español de cómo se arma la trampa mutua y de por qué el dolor dicho sin acusación abre puertas que el reproche cierra.
Froxán Parga, M. X. (coord.) (2022). Análisis funcional de la conducta humana. Pirámide.De acá sale la crítica a las explicaciones circulares y la idea de que la conducta gobernada por reglas se vuelve sorda a lo que está pasando de verdad.
Skinner, B. F. (1953). Science and Human Behavior. Macmillan.El origen de todo esto. Los programas de reforzamiento, el estallido de extinción, y la idea de que la conducta se explica por sus consecuencias y no por entidades internas.
Hacking, I. (1986). Making up people. En T. Heller y cols. (eds.), Reconstructing Individualism. Stanford University Press.El efecto bucle. Las categorías humanas cambian a las personas clasificadas, que se comportan según la categoría y con eso la confirman. Filosofía de la ciencia diciendo lo mismo que el conductismo, sin haberse leído.
Illouz, E. (2012). Por qué duele el amor. Katz.Cómo el sufrimiento amoroso se volvió identidad, y cómo la identidad se volvió mercado.