Suena el teléfono y lo dejas sonar. No es que no quieras contestar, es que no hay ganas de hablar, se te hace difícil. Igual que ducharte, o levantarte, o abrir ese mensaje que llevas cuatro días sin mirar, o salir de la pieza, o salir de la casa.
Comes cualquier cosa, o no comes nada. Las series que te gustaba ver las dejas andando sin verlas. Duermes mucho o no duermes nada, y da lo mismo, porque despierto o dormido la vida es una mierda. Te hablan y se te va el hilo. Decidir qué ponerte en la mañana se vuelve una tarea imposible, porque con nada te ves bien. Y el cuerpo entero anda lento, como si te movieras con la ropa mojada.
Y lo peor de todo ni siquiera es la pena. Lo peor es que no hay nada. Una sensación de vacío pareja y gris donde antes había ganas, rabia, risa, o algo. La gente te dice "anímate", "sal", "distráete", "tienes que poner de tu parte", como si no se te hubiera ocurrido, como si no dieras lo que fuera por poder hacerlo.
Y al final del día, en esa conversación que uno tiene consigo mismo, aparece la misma sentencia, la más cruel de todas. "Estoy caga'o".
Bueno. De eso me gustaría escribirte ahora. Porque ese "estoy caga'o" (por dentro) es la mentira mejor vendida de nuestra época, y creértela es lo que te mantiene así.
Te dieron una palabra, no una enfermedad
Vas al médico. Le cuentas algo de lo que te pasa en los quince minutitos de rigor, te marca una lista de síntomas, y sales con dos cosas. Por supuesto la infaltable receta, y una palabra, el "diagnóstico". Depresión.
Y con la palabra viene un cuento completo. Que tienes una enfermedad, que es un desequilibrio químico, que te falta serotonina, que tu cerebro anda fallado. Onda que quedó en panne, en francés, o en buen chileno, con su adaptación fonética, que "se te quedó el mate en pana".
Empecemos por la palabra, porque ahí está la primera trampita. Un diagnóstico psiquiátrico suena a que descubrieron algo, como cuando una biopsia confirma un cáncer, o una glicemia en ayunas muestra que tienes el azúcar alta. Pero no es así. No existe ningún análisis, ninguna imagen, ninguna prueba de sangre que muestre la "depresión". Te la diagnostican conversando, en una consulta cortita, marcando casilleros de una lista que un comité escribió a puerta cerrada y aprobó a mano alzada.
Entonces lo que pasa es que no te encontraron una enfermedad. Le pusieron un nombre "médico", una etiqueta diagnóstica, a un montón de cosas que haces y que sientes, o sea, a la conducta que tienes para adaptarte a la vida.
Y fíjate en el truco, que es de manual. Llegas contando que no te puedes levantar, que nada te importa. Te miran, anotan, y te dicen que estás así porque tienes depresión. ¿Y cómo saben que tienes depresión? Porque dijiste que no te puedes levantar y que nada te importa. Te describieron con una palabra y después te la devolvieron como si fuera la causa, sin ningún examen de por medio.
Pero ponerle nombre a algo no es entenderlo, ni explicarlo, y mucho menos "curarlo". La "depresión" no es la causa de que estés así. Es la etiqueta que le ponen a cómo estás.
El desequilibrio que nunca existió
Sigamos ahora con el cuento de la serotonina, que es el más perjudicial de todos, porque la mayoría de las personas se lo creyó. Te dicen que estás así porque te falta ese neurotransmisor en el cerebro, y que la pastilla te lo repone. Suena serio, suena a ciencia, pero es humo.
Hace poco un grupo de investigadores honestos y valientes hizo lo que había que hacer hace rato. Juntaron todo lo que se estudió en cincuenta años sobre la serotonina y la depresión, y lo miraron seriamente. Niveles en la sangre, en el líquido cefalorraquídeo, receptores, el gen que la maneja, datos genéticos de más de cien mil personas, etcétera. Y no encontraron nada. Cero evidencia de que la depresión la cause una falta de serotonina. La conclusión, con todas sus letras, fue que la teoría del desequilibrio químico está equivocada.
Y conviene decirlo sin la solemnidad de los delantales blancos. La depresión no se tiene, como se tiene un resfrío o cualquier enfermedad de verdad. No se contagia. Nadie amaneció depresivo porque "el depresivo" de la micro estornudó a su lado, ni porque se pegó serotonina de mala calidad por no usar condón. No es un bicho que se te metió y te infectó por dentro. Y sin embargo así te la contaron, como una enfermedad real, como algo que tienes, y que en el peor de los casos es crónico y te tienes que tomar la pastillita de por vida. Spoiler, mentira.
Para qué sirve de verdad la pastilla
Si la causa no es química, la cura tampoco. Y los números de la pastillita son incómodos en serio.
Cuando revisaron los datos de la propia agencia que aprueba los remedios, la FDA gringa, resultó que el 82% del efecto del antidepresivo lo hacía igualito una pastillita de azúcar (el placebo, que le dicen en los experimentos). La diferencia real entre el fármaco y el placebo era de menos de dos puntos en una escala de cincuenta y tres, o sea, nada.
Y el estudio más famoso del mundo, el STAR*D, el que justificó veinte años de "probemos otra pastillita, y otra más, y otra por si acaso", presumía que el 67% se recuperaba. Pero cuando los que sí saben consiguieron los datos reales y sacaron las cuentas de nuevo, la cifra era 35%, la mitad. Y peor todavía, de todos los que entraron a ese estudio, al año seguía bien apenas un 3%, lo que se puede explicar por cualquier otro motivo más influyente que la pastillita.
Entonces, ¿qué hace la pastilla? Primero, no repara ningún cerebro fallado, porque no hay ninguno que reparar. Hace lo mismo que el copete o cualquier sustancia que te altera el estado basal habitual. Y en este caso, te baja el volumen. No te quita el sufrimiento, te baja la capacidad de sentirlo, para que no suene tan fuerte.
El detalle es que también se lo baja a todo lo demás, y de paso te apaga la alegría, las ganas, el deseo, la respuesta sexual, el placer, el interés, todo. Y eso no es un "efecto secundario" desafortunado, es lo que la pastilla hace en realidad, es su mecanismo de funcionamiento. Tampoco es cosa de unos pocos con mala suerte. Los estudios encuentran que cerca de la mitad de los que las toman, entre un 40% y un 60%, siente este embotamiento. Por eso tanta gente que las toma dice que "no siente nada", que anda como un robot, o que ve la vida como desde atrás de un vidrio grueso. No es que se curó de algo. Le bajaron el volumen a la vida entera.
Y acá está la trampa más sucia. Como lloras menos, te quejas menos y molestas menos, el médico y los que te rodean creen que "estás mejor". Pero no estás mejor, estás más apagado. Consiguieron que tu sufrimiento haga menos ruido hacia afuera, que no se vea tanto, pero no que se vaya.
Nunca de golpe
Y acá una pausita para algo serio. Si tomas antidepresivos, nada de lo que digo es un reproche para ti. Confiaste en lo que te ofrecieron, como cualquiera de nosotros lo haría frente a una autoridad, frente a un profesional. Y no los dejes nunca de golpe. Cortarlos de un día para otro es peligroso, da un síndrome de abstinencia de la puta madre, y después te dicen que no los puedes dejar porque te volvió la depresión. Mentira, es síndrome de abstinencia, y se siente como la mierda. Si hay que bajarlos, se hace de a poco y acompañado por alguien que sepa. Lo que quiero explicarte no es para que los botes, sino para que entiendas que no arreglan la causa de tu sufrimiento, porque la causa nunca estuvo en tu química.
La depresión no se tiene, se hace
Y hasta acá sólo te he contado las weas malas sobre esta mierdita. Veamos ahora lo que te sirve.
Si no es un cerebro fallado ni un neurotransmisor que falta, ¿qué chucha es la depresión? Acá está lo importante. La depresión no es algo que se tiene, es algo que se hace. No la llevas por dentro, te comportas de manera depresiva. Parece un juego de palabras, pero es la diferencia entre estar condenado como enfermo y tener por dónde salir como persona.
Todo lo que haces, lo haces porque en algún momento te trajo algo bueno. La gente que quieres, la pega que te gusta, salir a tus lugares, crear cosas para tu vida, esos pequeños logros que causan satisfacción. Esas satisfacciones, que en mi oficio les decimos reforzadores, son el combustible para moverse.
La depresión empieza cuando ese combustible te lo cortan de una. Perdiste la pega. Te enfermaste. Se murió alguien que querías. Te cagaron, te dejaron. Te fuiste quedando solo. La vida se fue poniendo cuesta arriba y caótica, hasta quedar sin nada que te devolviera algo de lo invertido en ella.
Y ahí pasa lo lógico, no lo enfermo. Dejas de actuar, dejas de hacer. ¿Para qué moverte, si nada de lo que haces trae de vuelta ni una wea? El desgano aparece, y las dificultades para disfrutar no son síntomas de una enfermedad. Son lo que le pasa a cualquiera cuando el mundo dejó de responderle.
Y entonces aparece la trampa. Para no sentir el golpe, te repliegas, te vas en retirada. La cama, no contestar el teléfono ni a las personas, aislarte, darle mil vueltas a lo mismo. Y funciona, por un rato. Te ahorra el mal rato de enfrentar el día y al mundo entero. Pero cada día que no sales, que no ves a nadie, que no haces nada, te alejas más de lo único que podría sacarte de ahí, que es volver a toparte con algo bueno en la vida.
Y hay una parte especialmente cruel. Al principio, cuando muestras que estás mal, la gente se acerca, te tiene paciencia, te pregunta. Pero como el repliegue y las quejas se alargan, sin que sea culpa tuya ni de ellos, esa gente se va cansando y se va corriendo, y te quedas todavía más solo, que es justo lo contrario de lo que necesitas.
Un círculo vicioso que se muerde la cola, que alivia hoy y te la cobra mañana en mala. Por eso no estás fallado, ni en pana. Estás atrapado. La depresión no es algo que eres, ni que tienes dentro, es una situación en la que estás metido. Y de una situación, a diferencia de una enfermedad del cerebro, se sale.
"Es que lo mío es distinto"
Sé que a esta altura podría haber algunas objeciones o dudas.
Alguien podría estar pensando esto. "Pero mi vida no está tan mal. Tengo familia, amigos, incluso alguien que me quiere. Lo mío es endógeno, me viene de adentro, es químico, así me lo enseñaron." Y ese es uno de los mitos más pegados en Chile.
Eso de "endógeno", o sea, una depresión que nace de adentro, aparte de tu vida real, como que no tuviera relación con nada, la propia psiquiatría lo tiró a la basura hace más de cuarenta años, por lo absurdo que era. Lo borró de su manual en 1980, porque nunca pudo mostrar ninguna diferencia biológica entre esa depresión y la que responde a lo que te está pasando por fuera. Estás usando una etiqueta que ni los que inventan las etiquetas pudieron sostener.
Y un detallito interesante, porque "endógeno" es primo de "idiopático", que en chileno significa "no tenemos puta idea de por qué te pasa". Es lo que se anota cuando ya se descartó todo y no se encontró la causa. Así que cuando un delantal blanco te dice, bien serio, que "lo tuyo es endógeno", tradúcelo. Te está diciendo que no tiene pico idea de qué te pasa ni cómo sacarte de ahí, envuelto en una palabra elegante para que no se le note. Y cierra con la receta, que es la forma fina de decir "tómate esto y déjate de webiar, y ándate rapidito que viene la siguiente".
Lo importante sobre estos mitos es que no existe ese "adentro" del que todos hablan, ese "mundo interior" (está bien pa canción de 31 Minutos, pero no pa cosas serias). Lo que una persona hace no se divide en "afuera" y "adentro", sino en conducta pública y conducta privada. La pública es lo que otro puede ver, lo que haces y lo que dices. La privada es lo que nadie más puede ver, tus pensamientos y lo que sientes.
Lo que esto significa es que no hay ninguna enfermedad escondida adentro tuyo esperando salir. Lo que hay es conducta, y la conducta se puede observar, entender y cambiar. Un "mundo interior" no se arregla nunca, entre otras cosas porque no existe. Tu vida y lo que haces en ella sí se pueden cambiar, y por ahí es por donde se sale de estos problemas.
Y eso explica también lo de "pero si mi vida se ve bien". Que se vea bien es la superficie, la parte pública, la de la foto. Si te está dando algo o no, eso pasa en interacciones que nadie ve y que a veces ni tú registras. Puedes tener pareja y sentirte absolutamente solo dentro de esa relación, o un trabajo que te da plata pero que no te entrega nada más, que no te hace ningún sentido.
Otra duda u objeción para pensar tiene que ver con los que defienden que esto sí es una enfermedad médica. Y acá seré claro, sin la tibieza de decir "es que se diagnostica de más", "es que el problema es el sobrediagnóstico", ¡las weas! El problema no es que se diagnostique mucho, el problema es el diagnóstico mismo. Diagnosticar en psiquiatría no se parece en nada a diagnosticar una enfermedad del cuerpo. No hay examen, ni imagen, ni marcador biológico que lo confirme. Se decide mirando una lista de conductas y poniéndose de acuerdo.
Y mira hasta dónde llega el catálogo. En los trastornos depresivos te ofrecen depresión mayor, trastorno depresivo persistente (la distimia), desregulación disruptiva del ánimo (que es como le dicen ahora a un niño que hace pataletas), trastorno disfórico premenstrual (nombre de enfermedad para lo que le pasa a una mujer antes de que le llegue la regla), depresión inducida por sustancias o por otra enfermedad, y una categoría llamada "no especificado", que es el cajón donde tiran lo que no calzó en ninguna parte. En los bipolares, tipo I, tipo II y ciclotimia. Cada uno con su nombre, su código y su tratamiento. Ninguno con un examen que lo confirme.
Y ponerle un nombre médico a una conducta no es descubrir una enfermedad. De eso, además, vive una industria completa. Uno de los casos más brutales es el de la "bipolaridad". La etiqueta se estiró con el "espectro bipolar" y la "bipolaridad subclínica" hasta que casi cualquier "cambio de ánimo" entraba en la categoría. A cuatro de cada diez personas marcadas con "trastorno límite de personalidad" antes las habían rotulado, "mal", como bipolares. La misma persona, distinta etiqueta según el día y según quién la atienda.
Y a un montón de gente, sobre todo mujeres maltratadas, humilladas, abandonadas, o metidas en relaciones de mierda que las destruyeron, se le colgó ese rótulo de por vida y un frasco de pastillas, cuando lo que había en realidad era una vida de malos tratos pidiendo a gritos que alguien la mirara y que la ayudara. Eso no es medicina descubriendo una enfermedad, es una industria fabricando pacientes. Y no es casualidad que las fundaciones que predican la "conciencia de enfermedad" muchas veces vayan tomadas de la mano de los laboratorios que venden la pastillita.
Y no, no es tu culpa
Si estás pensando "es que mi vida es una mierda de verdad, no es cosa de actitud", tienes razón, porque eso de la actitud es una soberana mierda, y no es tu culpa.
Por más que te suban la dosis, ninguna pastilla, ni la más cara ni la más nueva, te va a devolver la pega que perdiste, ni te va a sacar de la relación de mierda donde te maltratan, ni te va a pagar las cuentas que debes. Esas son cosas que de verdad te tienen así, y no salen en ninguna receta. Vivimos en un modelo que te exige rendir siempre, que te deja solo, que te precariza y después te pasa la cuenta como si el cansancio fuera un defecto tuyo.
Y fíjate en la desfachatez, que de lo ordinaria que es, mejor nos reímos para no llorar. Cuando a la "gente importante" le agarra la angustia, no marca el mismo teléfono gratis que te ofrece a ti. Llama al "chamán". Así le dicen a un asesor con sueldo de más de cuatro millones al mes, que en medio de una crisis se puso a leerle textos religiosos a la autoridad de turno, de madrugada, para calmarle los nerviecitos. Cuatro millones. Para leerle.
Y que quede claro dónde está el problema, porque no está en que alguien busque consuelo cuando lo está pasando mal. Eso lo hacemos todos y es de lo más humano que hay. El problema es que desde la autoridad se valide esa charlatanería, y que se la financien con plata de todos. Y que después, para ti, la gran política de "salud mental" sea un llamado telefónico a las tres de la mañana y nada más. No es que el llamado esté de más. Es que no puede ser todo lo que hay.
Porque ese es el truco que nadie dice. Te hacen creer que el problema de la salud mental en Chile es lo que cuesta la atención, cuando el problema es que lo que te ofrecen a cambio de nada no alcanza a ser atención. Abaratar el acceso no es lo mismo que darte algo que sirva. Salir del hoyo no se hace en una llamada. Se hace con trabajo, con método y con alguien que se quede.
Y los números en Chile son claros. La depresión no cae pareja, golpea mucho más fuerte a los que tienen menos y a las mujeres más castigadas. No es democrática, es de clase. Por eso parte del trabajo también es dejar de creer que le fallaste tú a la vida, cuando muchas veces es la vida la que está mal repartida, está mal pelado el chancho. Pero incluso ahí, dentro de lo que te tocó, casi siempre queda un margen para empezar a recuperar algo de lo que te importa. Y por ese margen se parte.
La salida va por otra parte
Si la depresión es una forma de comportarse en una vida sin reforzadores, se puede aprender otra forma. Y no es una frase bonita de tazón de supermercado. Hay un camino con nombre y con evidencia dura detrás. Se llama activación conductual, y su idea central es lo más importante de todo esto, porque te dice qué hacer.
No esperes a tener ganas para hacer las cosas. Haz las cosas, y las ganas vienen después.
Suena al revés de toda la mierda que te han enseñado sobre la motivación, esa wea que se supone precede a la conducta (hasta a mí me la enseñaron así en la U), que primero es la motivación y después la acción. Mentira. En la "depresión" lo hacemos al revés. Esperar a "tener ánimo" para salir, para ver a alguien, para moverte, para hacer algo, lo que sea, es esperar una micro que no va a pasar, porque el ánimo es justo lo que se apagó.
La salida es hacer primero, aunque sea sin ninguna gana, sin ningún interés, aunque sea un paso mínimo, y dejar que el hacer te devuelva, de a poco, el contacto con las cosas que reponen las ganas. Primero se mueve el cuerpo, el ánimo llega después, cojeando, apenas, pero llega. Y lo más importante, se queda.
Y esto no es cháchara de coach (a esos les dedicaremos algunas palabras otro día). En estudios serios, la activación conductual le gana por lejos a la pastillita para sacar a alguien de la "depresión", con un efecto grande, y sus resultados se mantienen en el tiempo, cosa que el fármaco no hace. Mientras el "remedio" apenas le gana al azúcar y te deja peor a la larga, volver a hacer, con método y acompañado, da resultados reales y duraderos. No es fácil, no te voy a mentir. Pero es real.
Lo importante
No estás fallado. No te falta serotonina. No eres débil, no eres flojo, y no te pegaste ninguna enfermedad. Tu vida se fue quedando sin las cosas, sin la gente y sin los momentos que la hacían valer la pena y le daban sentido, y tu cuerpo hizo lo único sensato, una retirada, para gastar menos energía, para aguantar.
Se siente como el fin del mundo, lo sé. Pero es una retirada, no una falla de fábrica. Y de una retirada se puede volver, metiendo de nuevo en tu vida, de a poco, aunque hoy no le veas el sentido, cosas que te importen. Eso es lo que hacemos en terapia, y no es magia ni palmoterapia en la espalda. Es trabajo con método, y da resultado.
Si hoy estás en el borde
Y si hoy estás en un punto donde aparece la idea de no seguir, no te lo guardes ni un minuto. Dilo en voz alta a alguien que te quiera, y no te quedes solo, porque cuando otro sabe lo que estás cargando, el peso de esa mierda ya cambia. Y si no tienes a nadie cerca en este momento, pide ayuda igual, donde sea y con quien sea que la puedas conseguir.
¿Y entonces qué se hace?
No hace falta que primero tengas ganas. Esa es justamente la trampa, porque las ganas no vuelven solas mientras la vida siga vacía de las cosas que las producían.
El trabajo es al revés de como te lo contaron. Se empieza por hacer poquito, con lo que se pueda, y las ganas aparecen después, cuando eso que hiciste vuelve a tocar algo que valía la pena. Eso tiene nombre y tiene evidencia detrás, se llama activación conductual, y en los seguimientos a largo plazo aguanta bastante mejor que la pastilla.
Y si estás medicado, no tienes que dejar nada para empezar. Eso se ve con quien te lo recetó, de a poco, y mientras tanto se puede trabajar igual.
Si algo de esto te hizo sentido, y ya estás chato de que te expliquen lo que sientes como una falla de tu cabeza, escríbeme y lo miramos juntos, con calma.
Para leer más
Moncrieff, J. y cols. (2022). The serotonin theory of depression: a systematic umbrella review of the evidence. Molecular Psychiatry.La revisión que juntó cincuenta años de estudios y no halló evidencia de que la depresión la cause una falta de serotonina.
Moncrieff, J. (2008). The myth of the chemical cure.El modelo centrado en el fármaco. Los antidepresivos no reparan nada, son sustancias psicoactivas que le bajan el volumen a las emociones, las malas y las buenas.
Kirsch, I. (2009). The Emperor's New Drugs: Exploding the Antidepressant Myth.El 82% del efecto del antidepresivo lo reproduce un placebo, y la diferencia real es insignificante para la mayoría.
Pigott, H. E. y cols. (2023). A reanalysis of the STAR*D study. BMJ Open.El reanálisis que mostró que el estudio estrella infló su recuperación del 35% real al 67% que se publicó.
Goodwin, G. M. y cols. (2017); Read, J. y Williams, J. (2018).Encuestas a pacientes que documentan el embotamiento emocional en cerca de la mitad de quienes toman antidepresivos.
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Ekers, D. y cols. (2014). Behavioural activation for depression: meta-analysis. PLoS ONE.La evidencia de que la activación conductual funciona, y le gana a la medicación.
Whitaker, R. (2010). Anatomía de una epidemia.Cómo los psicofármacos empeoran el pronóstico a la larga y cronifican lo que antes era pasajero.
Healy, D. (2004). Let Them Eat Prozac.Cómo la industria ocultó los daños y los efectos adversos de los antidepresivos.
Gøtzsche, P. C. (2015). Psicofármacos que matan y denegación organizada.La manipulación de datos y los daños silenciados de los psicofármacos.
Ehrenberg, A. (1998). La fatiga de ser uno mismo: depresión y sociedad.La depresión como el agotamiento de no dar nunca la talla que exige el rendimiento sin fin.
Fisher, M. (2009). Realismo capitalista.La "privatización del estrés". Te enferman las condiciones y te venden la pastilla como si el problema fueras tú.
Jiménez-Molina, Á. y cols. (2021). Determinantes socioeconómicos y brechas de género de la sintomatología depresiva en Chile. Revista Médica de Chile.Los datos locales. La depresión golpea mucho más fuerte a los más pobres y a las mujeres más castigadas.
Pérez-Álvarez, M. (2021). Ciencia y pseudociencia en psicología y psiquiatría.La depresión como un problema de la vida en el que se está, no como una avería que se tiene.
Szasz, T. (1961). El mito de la enfermedad mental.Por qué ponerle nombre de "enfermedad" a un problema de la vida es una metáfora convertida en negocio.