Los problemas de la vida

¿Problemas de pareja?

Tu pareja no es narcisista (y tú no eres tóxica)


Son las once de la noche y la basura sigue ahí, en el rincón, la bolsa llena, como tu paciencia. La miras, y sabes que no es la basura. Nunca es la basura. Él comió, dejó el plato en la mesa, y ahora está tirado en el sillón con el teléfono, y tú piensas que podrías desaparecer una semana entera y se daría cuenta recién cuando se le acaben los calzoncillos limpios.

Entras. Le dices que otra vez no la sacó, que siempre te toca todo a ti, que nunca ayuda en nada, que parece que vivieras con un hijo más y no con un hombre. Y él, sin levantar la vista, te suelta ese “ya, mañana la saco” con una voz tan plana, tan sin ganas, que te molesta más que si te gritara, porque es la voz del que no está. Y con eso explotas, y le dices que es un flojo de mierda, que la mamá lo crió inútil, que estás chata de ser la única que se preocupa de la casa. Y él se para, agarra el teléfono, y se encierra en el baño. Cierra la puerta despacio, casi con educación, y esa puerta cerrada te duele más que cualquier cosa. Te quedas un rato hablándole a la madera. Después te vas a la pieza a llorar despacito, para que no te escuche, para no darle el gusto de verte débil, y que una vez más crea que ganó.

Y en un rato van a estar los dos de espaldas en la misma cama, separados por un pequeño espacio que se siente infinito. Haciéndose los dormidos. Y vas a mirar el techo y vas a pensar lo de siempre, porque en las noches siempre se piensa el cómo lo resuelvo… ¿por qué sigo con este weón?, ¿por qué ya no me quiere?… no sé pa qué sigo en esto… pero tampoco sé cómo salir de esto… porque no lo quiero dejar, sólo quiero que me vuelva a querer, que me vuelva a ver…

Mañana va a pasar de nuevo. Pero no va a ser la basura. Va a ser la plata que no alcanza, o que le pillaste un like a una mina en Instagram y jura que no la conoce, o la suegra que cree que eres poca cosa para su hijito, y que opina de todo pero no aparece nunca cuando hay que ayudar. La excusa cambia. La pelea no.

Lo que nadie te dijo antes

Sé lo que puedes estar pensando, porque sé lo que te han dicho antes, lo que has escuchado. Que es un narcisista. Que tiene un tema con el compromiso. Que tú, quizá, seas media tóxica. O que arrastras una herida de la infancia, o que él tiene “apego evitativo” y tú “apego ansioso”, o que ya se les acabó la oxitocina, total los hombres son de Marte y las mujeres de Venus y no sería tu media naranja, o más tonteras de ese tipo.

Toda esa psicomierda hace siempre lo mismo. Agarra el problema y te lo mete dentro de ti, de la cabeza, la tuya o la de él. Si tú eres tóxica, la falla es tuya. Si él es narcisista, es de él. Les pegan una etiqueta y listo, como si ponerle un nombre a algo fuera lo mismo que entenderlo. Pero decir que se pelean “porque ella es tóxica” tiene la misma gracia que decir que una pastilla para dormir te durmió porque está dotada de una poderosa virtud dormitiva. Una completa weá. No te enseña nada, no te explica nada, pero suena profundo. Le pusiste nombre a tu dolor y quedaste igual de perdida, pero ahora con un culpable.

Y acá está lo primero que nadie te dijo. Lo más probable es que ese tema por el que pelean no se resuelva nunca. Y no porque les falte amor ni “comunicación” ni “habilidades de resolución de conflictos”. Casi el setenta por ciento de las peleas de una pareja son así, eternas, sin solución, porque son dos personas distintas, con dos historias distintas, y siempre va a quedar algo en lo que no van a pensar igual. Las parejas exitosas, las que duran y trascienden en el tiempo, no son las que dejaron de pelear. Son las que aprendieron a pelear sin destruirse.

Y muchas veces ni siquiera es de ustedes la pelea. Llegas reventada de la pega, con la plata que no alcanza, con el saco de weás de tu jefe todavía metido en la cabeza, y descargas en la casa lo que el mundo te hizo afuera. Él igual. No es que se dejaron de querer. Es que el cansancio, las deudas, el sistema entero que los oprime de lunes a lunes, todo eso entra a tu casa y se sienta a la mesa con ustedes, entre ustedes. Y como no puedes pelearte con tu jefe ni con el banco ni con el sistema, te peleas con el único que tienes al lado.

Y esto le pasa a los dos

Porque también le pasa al que se encierra en el baño. Y ser aweonao no es lo mismo que ser el malo de la película. Cuando ella sube la voz, tú no escuchas las palabras, escuchas una metralleta que te retumba en la cabeza, y haces lo único que aprendiste a hacer para no ahogarte, desaparecer. Te callas, miras la pantalla, cierras la puerta. No es que no te importe. Es que no sabes qué hacer con tanto, y arrancar es lo único que te ayuda a afrontar la situación, o a evadirla en realidad, y te baja el malestar por un segundo. Los hombres no sufren menos, sufren callados, y a eso le dicen frialdad cuando muchas veces es puro miedo y estupidez.

¿Ves lo que pasa entre ustedes? Tú gritas para que él aparezca, pero el grito es justo lo que lo hace desaparecer. Él se encierra para que el ruido pare, pero el encierro es justo lo que te hace gritar más fuerte. Cada uno hace lo que sabe hacer, lo que le funciona en el momento, sin ver que es lo mismo que al otro día lo empeora todo. Y la relación entera empieza a girar en torno a los intentos de los dos por dejar de sufrir controlando la situación como pueden. A eso le dicen la trampa mutua. Y lo más terrible es que mientras más fuerte tira cada uno para su lado, convencido de que el equivocado es el otro, más se aprieta el nudo en la garganta de los dos.

Por eso no hay un villano. No hay nadie fallado por dentro. Hay dos personas haciendo lo que pueden, defendiéndose, sin darse cuenta de que al frente no tienen a un enemigo, tienen a la persona que aman. Sólo que se les olvidó que eran un equipo.

Todo lo que te dijeron que hicieras, no sirve

Que “el amor todo lo puede”, que se “comuniquen mejor”, que practiquen la “escucha activa”, que repitan lo que el otro siente en medio del griterío. Mentira. En plena pelea estás tan alterada, con el corazón a mil, que no hay ser humano capaz de ponerse en el lugar del otro. Nadie es empático con taquicardia y tensionado. Que tienes que “cambiarlo”. No vas a poder, y mientras más lo empujes a cambiar, más se va a atrincherar, y la relación se va a ir más a la mierda. Que las parejas sanas no pelean. Falso también, las que no pelean muchas veces es porque ya se rindieron, y al otro le da lo mismo, y eso es harto peor que una pelea.

Y si llegaste hasta acá leyendo, quizá es porque algo te hizo sentido y te apretó el pecho. Sé que estás cansada. Sé que pelear con la persona que más quieres es la cosa más sola del mundo. Sé que no hay nada peor que estar despierta a las dos de la mañana, dándole vueltas a la pelea, ensayando lo que le vas a decir mañana, mientras al lado el otro duerme como si nada. Sé que a veces extrañas a alguien que está durmiendo ahí mismo, a tu lado. Sé que ya no sabes si pelean por la basura, por algo que dijo, por algo que no dijo, o por algo que empezó hace años y que ya ni recuerdas. No estás loca. No eres difícil. No eres tóxica. Estás cansada de querer a alguien y no saber cómo llegar a él. Y él no es un narcisista, ni malo, ni insensible. Está igual de perdido que tú, torpe, asustado, sin saber cómo volver a ti.

La salida que sí existe

Y acá está la buena noticia, la que de verdad importa. Si el problema fuera que uno de los dos viene fallado de fábrica, con una “patología”, una “toxicidad”, un “trastorno”, no habría nada que hacer, porque a una falla de fábrica sólo te queda resignarte, no puedes comprar un repuesto y reemplazarla. Pero el problema no está dentro de ninguno de los dos. Está afuera, entre ustedes, en lo que se hacen el uno al otro. Porque la conducta no sale de un espíritu poseído ni de una mente enferma, responde a lo que la rodea. Y lo que la rodea se puede entender, y lo que se entiende se puede cambiar.

¿Y cómo se empieza? No buscando al culpable una vez más. Se empieza al revés. La próxima vez, en lugar de tirarle la acusación, eres un flojo de mierda, un egoísta, un narcisista, no te importo, ya no me quieres, prueba con otra cosa. Prueba decir lo que de verdad te pasa, eso que te da vergüenza. Tengo miedo de que ya no me quieras. Me siento sola. Necesito tu atención, que me cuides, que seas mi compañía. Porque el ataque tiene una sola respuesta posible, más ataque. Acusas, y el otro se defiende y te la devuelve, y la pelea crece. Pero decir lo que te pasa, sin acusar, le saca al otro la armadura, porque ya no tiene de qué defenderse. Y ahí, por primera vez en semanas, dejan de estar uno contra el otro. El dolor, dicho sin acusación, ya no es pelea. Es acercamiento, y es aceptación.

Y el truco más grande, el que lo cambia todo, es dejar de verlo como tú contra él, y empezar a verlo como ustedes dos contra el problema. La trampa no es él, no eres tú, es la trampa. Pónganla ahí, en el medio de la mesa, y mírenla juntos desde el mismo lado, como dos que enfrentan algo, no como dos que se enfrentan. Ahí, recién ahí, vuelven a ser un equipo.

Y a lo mejor, después de todo eso, igual no resulta. A lo mejor lo que los tiene juntos hoy ya no es el amor, sino la costumbre, los hijos, las cuentas, o no tener para dónde irse. Y también está bien saberlo. Una pareja no es algo sagrado que haya que sostener hasta la muerte. Es un lugar donde vivir. Y cuando ese lugar sólo reparte castigo, irse no es fracasar, es dejar de hacerte daño. A veces lo más valiente, y lo más inteligente, es separarse a tiempo, antes de pasar años destruyéndose en nombre del amor, en nombre de algo que ya no está. Y si hay hijos, vale el doble, porque lo que les va a quedar a ellos no es si los papás siguieron juntos, sino cómo se trataron mientras lo estuvieron, y también después de estarlo.

Algo que no se negocia

Todo lo que te dije vale para dos que pelean parejo y que en el fondo se quieren. Si lo que te pasa es otra cosa, si uno humilla y el otro se achica, si hay control, mentiras, amenazas, miedo, o incluso maltrato físico, eso no es una trampa mutua. No es un círculo donde cada uno pone la mitad. Eso es violencia, y la violencia tiene un solo responsable, el que la ejerce, nunca quien la recibe. Ahí no hay nada que entender entre los dos ni nada que arreglar conversando. Ahí lo único que corresponde es ponerte a salvo y buscar ayuda, no sola, con alguien de confianza o con alguien que sepa de esto. No te quedes tratando de descifrar el círculo de quien te está violentando.

Cómo se desarma la trampa, por dónde se empieza, qué hacer con todo esto, es más concreto de lo que parece, y es buena parte de lo que se trabaja en terapia de pareja. Si te reconociste en alguna de estas escenas, si estás chata de buscar al culpable y seguir en el mismo lugar, escríbeme y miramos la trampa juntos.

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Para leer más

Gottman, J. y Silver, N. (1999). Siete reglas de oro para vivir en pareja.De donde salen los cuatro jinetes del apocalipsis, el dato de que la mayoría de las peleas no se resuelven nunca, y décadas observando parejas de verdad en vez de teorizar sobre ellas.

Barraca, J. (2016). Terapia integral de pareja.La mejor explicación en español de cómo se arma la trampa mutua, por qué atacar al otro lo empeora todo, y cómo el dolor dicho sin acusación abre la puerta a la aceptación.

Jacobson, N. S. y Christensen, A. (1996). Integrative Couple Therapy.El origen conductual de todo esto. La idea de que en toda pareja hay diferencias que no se van a ir, y que el trabajo no es eliminarlas sino dejar de pelear contra ellas.

Escuer, E. (2020). Evaluación clínica de los problemas de pareja.Para entender la pareja como un contexto donde cada uno es parte del ambiente del otro, y por qué a veces separarse es una puerta para volver a sentirse bien.

Skinner, B. F. (1953). Ciencia y conducta humana.La mirada que está debajo del artículo, el afecto entendido no como una fuerza mística, sino como lo que pasa entre dos personas que se refuerzan la una a la otra.

Froxán, M. X. (2022). Análisis funcional de la conducta humana.Una puesta al día, rigurosa y en español, de cómo se analiza la conducta, también la del querer, sin recurrir a la magia ni a la química del cerebro.

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